Mary Ann Cotton creció en la pobreza de un pequeño pueblo inglés con el sueño de escapar de la dura vida de una familia minera. Dispuesta a todo para alcanzar su sueño, se convirtió en una sutil asesina en serie en plena época victoriana, cuando morir con dolores de estómago por fiebre tifoidea o cólera era una cosa normal. Mary Ann utilizaba su belleza, su aparente fragilidad y un veneno insípido que se puede camuflar en una taza de té: el arsénico.